Monumento a Bárbara de Braganza. Foto: Jonás Bel. Dirección General de Patrimonio Cultural del Ayuntamiento de Madrid.

Fecha

Firmada en la parte posterior izquierda, Roma 1887

Material

Mármol de Carrara
Pedestal de piedra caliza

Emplazamiento

Plaza de la Villa de París
¿Cómo llegar?

La primera escultura pública realizada por Mariano Benlliure para la villa de Madrid fue la de la reina Bárbara de Braganza. Gracias al éxito obtenido por su Segunda Medalla en la Exposición Nacional de Bellas Artes de Madrid de 1884, el escultor comenzó a ser considerado en la ciudad y a recibir sus primeros encargos, que se estrenan con este monumento.

La estatua de la reina debía hacer pareja con la de su esposo, Fernando VI, realizada por el escultor y arquitecto italiano Giovanni Domenico Oliveri en 1752. Aunque la obra de Oliveri fue diseñada para coronar la Fuente del Rey, en la plaza de San Antonio de Aranjuez, en 1760 se trasladó al patio del monasterio de la Visitación de las Salesas Reales, en Madrid, fundado por Bárbara de Braganza y donde los reyes recibieron sepultura. Cuando el convento pasó a convertirse en el Palacio de Justicia, se planteó trasladar el monumento a Fernando VI frente al edificio, en la plaza de la Villa de París, y realizar otro parejo, de características similares, dedicado a Bárbara de Braganza para que ambos monarcas quedaran representados.

El encargo significó un interesante desafío para Benlliure, quien prácticamente debía realizar un falso histórico para que la nueva obra armonizase con la existente. A la vez que debía adaptase al estilo de la obra de Oliveri —realizada hacía más de cien años y pensada para un emplazamiento muy diferente al lugar donde se encontraba— Mariano aspiraba a demostrar su talento en un trabajo que resultaba crucial para su carrera.

El escultor analizó la obra de Oliveri y estudió el nuevo emplazamiento que debían ocupar ambos monumentos. También se familiarizó con la vestimenta propia de la corte española del siglo XVIII a través de pinturas y grabados, así como con los peinados y otros detalles cotidianos que permitieran acercarse a la realidad de la época.

El artista resolvió con soltura el monumento. Realizó un pedestal similar al de la escultura de Fernando VI, cilíndrico y coronado con una guirnalda. La reina —esculpida en mármol de Carrara—aparece de pie ataviada con un traje decorado con encajes, con un corpiño atado en zigzag y un cinturón del que cuelgan dos borlas ricamente adornadas. Al igual que la estatua de Fernando VI, la soberana levanta un brazo —en este caso el izquierdo— y su rostro, idealizado, no muestra ninguna expresión, como ocurre con el retrato del monarca. Sin embargo, el manto real que porta la figura proporciona un extraordinario dinamismo y ofrece al escultor la posibilidad de demostrar su talento con más libertad.